Teodomiro Ortega y el ocaso de una generación priista

En política hay decisiones que son meramente administrativas y otras que terminan por convertirse en símbolos. La renuncia de Teodomiro Ortega González al Partido Revolucionario Institucional después de 51 años de militancia ininterrumpida pertenece a este segundo grupo.

Su carta abierta no es un documento de confrontación. Por el contrario, está escrita desde la gratitud, el reconocimiento y la serenidad de quien considera concluida una etapa. No hay reproches ni acusaciones. Hay memoria. Hay balance. Y hay una frase que resume el sentido de su salida: “Me voy sin rencores, sin resentimientos y con la frente en alto”.

Durante más de medio siglo, Teodomiro Ortega formó parte de la estructura política de un partido que gobernó México durante décadas y que en Puebla tuvo una presencia determinante en la vida pública.

Su trayectoria estuvo ligada particularmente a las causas del campo, a los productores y a las familias campesinas, sectores a los que hace referencia de manera reiterada en su mensaje de despedida.

Sin embargo, más allá de la dimensión personal, su renuncia tiene una lectura política inevitable.

La salida de Ortega ocurre en un momento particularmente complejo para el PRI, que enfrenta una constante fuga de cuadros, liderazgos regionales y figuras históricas que durante años dieron sustento al partido. Lo más relevante es que esta decisión se produce poco tiempo después de que Néstor Camarillo Medina, ex dirigente estatal priista y actual senador de la República, también rompiera con las filas tradicionales del tricolor para acercarse a Movimiento Ciudadano.

La coincidencia no es menor.

Teodomiro Ortega no es solamente un exmilitante más. Es el suplente de Néstor Camarillo en el Senado de la República. En términos políticos, ello significa que si en algún momento Camarillo decidiera solicitar licencia para competir por otro cargo de elección o asumir una nueva responsabilidad pública, sería Ortega quien tendría el derecho de ocupar el escaño en la Cámara Alta.

Por ello, su salida del PRI adquiere una dimensión adicional. No se trata únicamente de la despedida de un militante histórico. Se trata de un actor que forma parte de una ecuación política con implicaciones futuras para la representación poblana en el Senado.
La pregunta natural es qué sigue para Teodomiro Ortega.

En su carta deja claro que no abandona la actividad pública ni su vocación de servicio. Al contrario, afirma que continuará trabajando por las causas del campo, la justicia social y las familias campesinas. Es decir, renuncia al partido, pero no a la política.

Y quizá ahí radica uno de los mensajes más profundos de su decisión. Durante décadas se pensó que la identidad política estaba atada de manera permanente a unas siglas. Hoy la realidad demuestra que muchos actores consideran que los principios pueden permanecer incluso cuando las organizaciones cambian o dejan de representar aquello por lo que alguna vez lucharon.

La renuncia de Teodomiro Ortega no provocará por sí sola una crisis nacional en el PRI. Pero sí representa algo más significativo: la confirmación de que las viejas lealtades partidistas ya no son inamovibles.

Cuando un hombre decide abandonar el partido que fue su casa durante 51 años, no solo se cierra una historia personal. También se abre una interrogante sobre el futuro de una organización que, cada vez con más frecuencia, ve partir a quienes ayudaron a construirla.

Y en política, a veces las despedidas pesan más que las afiliaciones.

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